Por eso Pessoa
Ξ 4 de Octubre de 2008 | 1:42 am | → 2 han hablado | ∇ Manuscrito, Mus@s |
Dejen de vivir, lean.
¿Escucharon? ¿Hay algo más qué decir?
Dejen de vivir, lean.
¿Escucharon? ¿Hay algo más qué decir?
hoy fui al zoo y no vi ningún lobo, los leones apestaban, los coatíes estaban deprimidos, una cabra bebé le mordió el dedo a P.
la veterinaria nos platicó cómo los changos les arrancan dedos a los niños, silencio aterrado
luego muy linda nos invitó a acariciar el halcón que traía sobre el antebrazo
la tortuga de 101 años estuvo caminando contra la reja a lo largo de media hora sin moverla
había una liebre sospechosamente parecida a la de marzo y con la mirada maniaca
el mejor momento fue cuando pasamos por la jaula de los loros que gritaron desesperados y N. dijo que lloraban de tristeza por sus hijos
No morir sin destinar
Ese tiempo del suceso
De la amplia intervención
Porque sea una o dos o tres frases
Que bordeen en la fisicalidad
Del acto
Que sólo es muerte
Que sólo es acción que es muerte
Y llegábamos de la acción al pensamiento
Sin arbitrariedades
Con el simple rumbo de la necesidad
Marcando la vuelta al desierto
Con pasos de peregrinos sin linaje
Que traspasan la marca de agua
Llevan en sus manos
Fuentes que brotan de sus palmas
Borbotean entre las líneas
Traducen silencios
Peces mueren exiliados en el desierto
Sus lúbricos torsos entre granos de arena
Y los hombres marchan
Junto a sus mujeres…
Una minificción propia publicada en:
Q U I M I C A M E N T E I M P U R O
(que además acepta envíos de relatos y sugerencias y donde podrán pasar horas leyendo)
Todo lo que me ha sucedido en estas dos semanas son palabras.
Y vaya que me han ocurrido cosas fuertes.
Tal vez lo más significativo en mi vida son las palabras… Entonces me imagino perdiendo la capacidad de aprehender los gestos y las miradas, dejar de desear el contacto con tal de recibir una palabra, enajenada de la tercera dimensión, privilegiando los signos, enamorada del alfabeto, descapitalizando el cuerpo para recibir palabras…
En esta fantasía, la verdad no quiero recibir palabras, llego al grado de desear LA palabra, para que aquél que la manda se vuelva brújula de mi existencia. Al irse vaciando las palabras por los distintos medios que llegan algunas se vuelven ceniza y dejan de tener significado una al lado de la otra. Entonces pensarías que sólo quiero recibir sustantivos pero no es cierto. Los sustantivos se remiten al mundo concreto y pierden interés para mí que ya no percibo por más sentido que el de la lectura.
Tampoco deseo los verbos que me impelen a dejar de leer la siguiente palabra que llega, mucho menos las conjunciones e interjecciones. LA palabra que llegue no será un adjetivo, nunca hay adjetivos perfectos… Quiero que llegue MI adverbio… adoro los adverbios porque modifican la acción y el curso de la vida y ése es mi destino (quien no me lo crea que averigue el significado de mi nombre). Seré propiedad de aquél que me diga ese adverbio que coloque la hoja en blanco. Todo el mundo estará contenido en una palabra y volveremos a sonreír… no sé por cuanto tiempo, tal vez hasta que de nuevo llegue el punto final.
Vemos a SOR MARIA AGREDA en su humilde celda de un convento español. Este personaje podrá y quizá deberá ser lo más andrógino posible. De preferencia deberá ser actuado por un hombre. El espacio y la luz deberán cerrarse sobre ella. Se dispone a cerrar una carta, la vuelve a abrir. Hay algo en ella que nos recuerda a Sor Juana aunque no del todo. De golpe, rompe la cuarta pared y se dirige al público casi inquisidoramente:
SOR MARIA AGREDA
Yo, Sor María de Ágreda, me carteo con Su Majestad el Rey Felipe IV de España, una posición que muchas religiosas de mi época envidian y que, sin embargo, no es nada sencilla, si saben a lo que me refiero. Nuestras cartas pasarán a la posteridad, lo sé, y por eso debo ser extremadamente cuidadosa. La poesía mística se nos da naturalmente a los españoles, ¡por no hablar de las mujeres! Pero es de suma importancia entender que no porque la mística sea un género popular de los siglos XVI y XVII en España es algo que pueda escribirse con descuido como en un arrebato de inspiración. No, la mística se cultiva con el mismo cuidado que Góngora pone en cada coma y Calderón sobre cada respiración.
Años después se hablará mucho de mí, yo lo sé, no por mis escritos ni por la influencia oculta que ejercí en el ánimo de Felipe IV, tampoco por mi don de la bilocación y mis apariciones ante los indios jumanos de Nuevo México y Texas, sino por la resonancia de mis virtudes y el olor a santidad que brota de la pobre y retirada celda donde he vivido en áspera y continua penitencia. O al menos eso dirán de mí.
Hay que desconfiar. Siempre. No hay penitencia que lastime lo suficiente ni ayuno que me lo recuerde demasiado. Hay que desconfiar. Sobre todo de uno mismo. Debes estar en guardia. Necesariamente a la hora de las visiones. No hay remedio. Cuando empiezas a sentir ese vahído de la mente, ese cansancio a cuestas, ese gemir de alas que se baten detrás de tu oído, debes ignorarlos, retirarte, estar segura de que no se trata de una más de las caras del demonio.
Y sé que muchos de ustedes se preguntarán porque en su siglo ya no hay visiones, y será el código incontestable con el que me confrontarán todos aquellos entre ustedes que están seguros de que estoy mintiendo, que lo que digo es pura charlatanería, palabras que escribe otro para que las memorice yo… y yo responderé ante aquellos incrédulos que así como me ven aquí de carne y hueso, así es la corporalidad de una visión. Tan real como esta luz que brilla polvosa sobre mi mano, tan real como el tragaluz que deja caer este exangüe sol sobre mi pobre celda de retiro.
Así, en esta suerte de sueño donde se encuentran ustedes sumergidos en la oscuridad, así se me apareció la Reina Isabel de Borbón y así me habló:
Se escucha el sonido amplificado de alas aleteando. Comienzan a crujir los cimientos del teatro. Cae polvo de yeso desde el techo. Las luces se balancean peligrosamente. SOR MARIA AGREDA tiene los ojos en blanco. Las luces parpadean. Se quedan prendidas sólo algunas. Cae un rayo de una dura luz blanca y aparece descolgada de la cintura, amarrada como un pobre ángel de pastorela en sus galas y guardainfante, la REINA ISABEL, quien se dirige hacia SOR MARIA AGREDA quien la mira arrobada desde su celda en posición de éxtasis divino. Luego recapitula y la mira asombrada.
REINA ISABEL
¿Qué? ¿No crees que pueda ya estar muerta?
SOR MARIA AGREDA
El correo llegó hoy con cartas que anunciaban su mejoría, Majestad…
REINA ISABEL
Es la pauta que Felipe da para que el Reino no caiga en la desgracia de mi pérdida. Muerta estoy, te lo aseguro, así como estoy colgada de esta manera infame. (De pronto muda de ánimo y se vuelve terrorífica, cambian también las luces y se balancea peligrosamente la cuerda que la sostiene) Escucha bien, sierva de Dios, dirás al Rey, cuando le vieres, que procure con toda su potestad impedir el uso de esos trajes tan profanos que en el mundo se usan; porque Dios está muy ofendido e indignado por ellos, y son causa de condenación de muchas almas…
Con estas palabras la REINA ISABEL se hace una llama de fuego y desaparece. SOR MARIA AGREDA cae al suelo exhausta.
SOR MARIA AGREDA
A esto me refiero. Cuando sucede, nunca sabes quién llegará ni lo que te va a ordenar. Miren que venir del más allá para hablar de moda… Pero así fue, se los aseguro y aunque no fue una buena excusa, por lo menos sí fue un pretexto para iniciar una correspondencia con Su Majestad el Rey Felipe IV.
Oscuro.
(traducción al gusto)
Juntó sus labios a mí (mente) —error de dedo en inglés
Cuántos años debo haber anhelado
los labios ajenos sobre mi mente.
Feromonas, recién nacidas, flotaban
entre ambos. Apenas quedaba aire.
Me besó de nuevo, alcanzando ese lugar
que manda mensajes a las puntas de los dedos,
luego todo el regreso a algo como casa.
Había música sonando por sí sola.
Nada como una mujer que sabe
besar el objeto correcto en el momento correcto,
luego besa los objetos que extrañó.
¿Cómo pude haberme quedado con menos?
Pensaba que esto es inteligencia,
ésta es la lengua más sabia
desde que el Oráculo se metió en la oreja griega,
revelando sentido. Es el Bien,
definiéndose a sí mismo. Yo estaba fuera de mí.
Ella estaba dentro. Nos casamos en cuanto pudimos.
OK, sáltense la última oración. Y unas cuantas más, pero esto es sólo un ejercicio.
| The Kiss | ||
| by Stephen Dunn | ||
She pressed her lips to mind. —a typo How many years I must have yearned for someone’s lips against mind. Pheromones, newly born, were floating between us. There was hardly any air. She kissed me again, reaching that place that sends messages to toes and fingertips, then all the way to something like home. Some music was playing on its own. Nothing like a woman who knows to kiss the right thing at the right time, then kisses the things she’s missed. How had I ever settled for less? I was thinking this is intelligence, this is the wisest tongue since the Oracle got into a Greek’s ear, speaking sense. It’s the Good, defining itself. I was out of my mind. She was in. We married as soon as we could. |
||
I found a writer I love:
“En la soledad, el silencio lo es todo. El mudo acompañamiento de este teclado durante el tiempo en el que el mundo duerme y el sol azota.
No es un sueño, lo que sientes al entrar a la noche, es el mudo acompañamiento de esas hojas silenciosas que caen de los sauces llorones y en medio está Ofelia dejándose llevar.
Me eligieron para ser Ofelia, la despreciada. Qué erótico era verme bajar las escaleras de Elsinore con el vestido hecho garras, las manos sangradas sosteniéndose de la huecos de aquella pared de piedra sin tallar como siempre se han imaginado los artistas la escalera de Elsinore.
Yo la verdad imagino mi castillo como Dunsinane. El frío escosés no es como el frío danés, no se usa la misma ropa interior, ni las mismas capas en los vestidos. Las camas con perros a los lados no son las mismas y por si fuera poco, algo apesta en Dinamarca. Y si entre reyes me tocara elegir es preferible un thane a un meditabundo por más famoso que este último fuera.
Así que mientras mi cliente se imagina que soy la Ofelia vestida de verde flotando en un lago, yo me traslado a Dunsinane la noche del asesinato de Duncan. Él me recorre la piel con palabras sacadas de una vieja y mala traducción de Shakespeare y me desnuda el pie de la zapatilla dorada, yo recorro los patios interiores de Dunsinane a tientas, como con los ojos vendados, perseguida por la imagen de lo que debo descubrir por mí misma: el horror, el horror, ni lengua ni corazón pueden nombrarte… pero en mi caso sí lo conciben.
El cliente sigue su torrente de palabras entremezcladas con las que sí logra murmurar al teclado, ya vamos en las enaguas y descubre mis muslos transparentes en el agua, sobre el agua, hundiéndose hasta el fondo oscuro…
Yo voy descubriendo mi cuerpo conforme él me lo manda, pero no abandono los patios ni los laberintos ni las escaleras ni las habitaciones de Dunsinane. Es de noche tras el banquete y mi vestido se rasga cuando camino pegada a las paredes, de donde las salientes rocosas detienen mi paso. Mi cliente ha dejado a Shakespeare atrás. Su descripción de mi ropa con tal detalle me lleva a creer que puede ser homosexual. Qué importa. Sólo esa noche de todas las noches del año y gracias a él, podría usar un vestido de oscuro terciopelo índigo que parece un océano entre los olanes, un estrecho de suavidad perlada con diminutas turquesas cosidas en forma de nudos ciegos y encaje de seda transparente bordado a mano por las delgadas hijas de las campesinas de las últimas casas del pueblo. Las he visto sentadas con los dedos sangrantes de tanto picárselos y he salivado al ver el encaje manchado de café oscuro, del color de la sangre seca que sólo nosotras conocemos en las prendas interiores.
De nada vale el vestido, mi cliente me rasga la falda y el vestido hasta dejarme únicamente en corsé. Me arranca los encajes hasta ue quedan como hilos de baba detrás de mí, atorada en las piedras filosas de los patios interiores de Dunsinane, amarrada por esa seda resistente. Yo también volteo a verme y me sorprenden mis muslos fosforescentes en la oscuridad del invierno escosés.
Mi cliente no me deja meditar demasiado, de golpe me voltea y procuro no ahogarme en el río helado, me cuenta con iámbicos cómo desata los cordeles del vestido desnudando mi espalda. Muy lejos, en Dunsinane, el corsé se desata a latigazos, marcando la piel con líneas rojas y profundas, un latigazo por agujeta, un latigazo por hoyuelo, un latigazo por agujeta, un latigazo por hoyuelo hasta que el corsé cae a mis pies y se hunde en lo profundo del río.
Sé que no querrá voltearme, disfrutará con mi espalda, mi espalda latigueada cubierta de agua y mi largo cabello pelirrojo flotando en el agua helada. Me lo repite una y otra vez como si yo fuera el cuadro de Millais. Pero yo tengo el cabello negro y demasiado corto para parecer un hombre y no preocuparme por cepillarlo a diario. Esa yo que está en Dunsinane a la sombra de las murallas sacadas de la cabeza de Polanski.
El agua me cubre y me sumerjo y sólo entonces mi cliente me voltea, alarga una mano debajo del agua para girarme y ver mi desnudez de alba como pez de luz propia y mis ojos parpadeando y el cabello en vilo. Su mano se alarga para acariciarme subacuáticamente, comienza por la garganta, desnuda el cuello del cabello rojizo que le estorba y me acaricia, rodea con sus manos el contorno de mis senos, dilatando el momento de llegar al pezón y finalmente con sus uñas acaricia la punta y es entonces que el agua se vuelve tibia, se enturbia, se oscurece, siento el agua entre mis dedos con esa sensación de primera leche tibia que alcanza el fondo de la garganta. Porque en Dunsinane el agua no es agua, es agua que es sangre y mancha la paja de las camas, es un río que corre interminable, es un gajo cortado a la vida misma, es sangre dorada que no para de manar. Y yo estoy desnuda frente a ese viejo con heridas que hablan y me gritan, empapándome las manos para cambiar las dagas de lugar.
Mi cliente baja su mano y me rescata subiéndome a la superficie, primero los pezones y los senos por los que resbala el agua helada, después el torso y la cabeza, pero en Dunsinane todo está oscuro excepto por mi piel que navega la noche siguiendo el río de sangre dorada, sangre entre mis manos escurre por mi pecho, se adhiere a los pezones antes de resbalar por la curva interior del seno, donde se guarda entre los pliegues del ombligo.
Mi sexo sale del agua seguido de mis muslos y pantorrillas, floto mientras me abro y respiro como la primera vez que respiré, con bocanadas de aire a golpe, atragantadas, mis brazos están anclados a los lados conforme mi cliente se postra sobre mí y me vuelve a hundir hasta el fondo, fascinado por el rojo cabello que lo envuelve.
Pero en Dunsinane la vuelta es la superficie de la cama de paja, el cuerpo atorado de un rey inerte, su dulce garganta abierta murmurando poemas de bardos que hablan sobre la creación de un mundo antiguo donde un hombre solo (pero extranjero) fue capaz de medirse contra el monstruo y acabar con él.
Tocan a la puerta. ¿Escuchas cómo tocan? Ofelia hace el amor en las profundidades del agua pero yo no puedo terminar el acto, el cuerpo de un rey así de desfallecido no me deja irme, llegará la mañana y con ella el Juicio Final y yo seguiré ahí encima de Duncan, llena de su sangre y con las dagas en la mano. Tocan a la puerta. Tengo que abrir, pero Ofelia rodea con sus muslos al desconocido que sigue recitando a Shakespeare y yo aquí estoy, aquí sigo, aquí muero. Tocan a la puerta y se va la luz. Fin.”
~ Emma DeCuir
Sobre la National Portrait Gallery
Regresé corriendo, sola, último día en Londres, regresé a verla, a estar segura que cuando viviera ahí podía entrar cuantas veces quisiera y constatar que ahí estaba, todavía esperando, ahí estaba en silencio, ahí estaba para mi tranquilidad:

Pensé que si viviera en esa ciudad regresaría cada día a verla.
Ahora descubrí que la galería está en línea http://www.npg.org.uk/
Acumulo mis razones para regresar a Hyde Park, aunque nunca lo haga.
Estoy en el Ártico, sopla el viento, ha llegado el tiempo de la desgracia. Los hombres todos visten de negro con grandes abrigos que cubren sus caras.
Yo soy una niña y visto de púrpura. Mi vestido tiene gorro y está cubierto de pelo como de conejo. Me llevan porque les soy importante. Tengo los ojos azules. Me llevan al gran lago congelado, una extensión oscura en medio de la nieve blanca. Todo quedó congelado ahí abajo bajo metros y metros de agua, no pueden taladrar todo.
Camino con mis maryjanes negras por encima del hielo, es seguro de lo grueso que es. Abro los ojos y señalo con el índice y entro en este estado en el que estoy, entre la vigilia y el sueño, el duermevela, y comienzo a ver las figuras al fondo del lago. Las formas se distinguen cristalizadas y oscuras. Cojines, sillones, baúles. ¿Quién podría sobrevivir ahí? Mi dedo índice señala.
Come hear of it! Déjole su crédito, hell of a picture.
El Premio Estatal de Cuento Xavier Vargas Prado en su edición 2008 fue otorgado al libro URBANODONTES de Alfredo Carrera.
Cuando conocí el proyecto hace unos meses, Alfredo habló de la arquitectura cuentística y de un deseo para que el cuento se vuelva un descubrimiento de una generación, de una raza, de unos personajes condenados a la ciudad. A mí francamente me sorprendió, un escritor que comienza por una caja china un libro de cuentos para mí es garantía. Urbanodontes lo ha sido.
Hay imágenes que iluminan, hay personajes envidiables, hay historias para soñar. Para mí, disculpen la simplicidad, eso es lo que cuenta. Cuando el centro comercial se convierte en un trasatlántico que se aleja y el interior de una ballena, me gusta leer para iluminarme.
Y ahora, mi foto favorita del sitio, Señor de las Moscas:
La sensación más dulce del mundo
aquella que me recordó los brazos que primero me sostuvieron,
fue la herida sobre la frente
o no, no la herida,
el calor irradiante de mi propia sangre sobre la frente,
era un terciopelo cubierto de rocío
era los acantilados de Dover
era mi infancia vista por el retrovisor
(más cerca de lo que aparentaba).
De nuevo podría volver a abrirla,
golpearme para sentirla de nuevo,
para ver brillar mi sangre sobre mis dedos,
la suave sorpresa en ese cuarto rosa,
el llanto que no habré de suprimir esta vez.

Blood over my pancakes, remind me of myself…
Seré sincera: acepté participar en este homenaje a Víctor Hugo Rascón Banda porque tengo una deuda por saldar. Cuando comenzaba mi carrera en el teatro (hace muchos años) y cuando mi obra Diego Diccionario llegó al escenario del Teatro Helénico, montado por nuestra compañía de entusiastas estudiantes (noveles, pequeños, probablemente no muy buenos), Víctor HUgo fue uno de los únicos dramaturgos de la ligas mayores que nos fue a ver. No sólo eso, escribió toda una columna en Proceso sobre nuestro trabajo.
Uno de los pilares de la voz teatral mexicana contemporánea sí veía teatro para niños y a creadores que iniciaban su trayectoria.
Su formación y su momento lo llevaron a consolidar la dramaturgia realista nacional, con temas que anticipan con un claridad apabullante (como todo el buen teatro lo hace), la recalcitrada violencia vivida en nuestro país a finales de la década de los noventa.
A nuestra generación, Víctor Hugo le deja un teatro escrito para ser representado, un escribir sin miedo a mostrar la realidad mexicana. Es tal vez una cuestión tan natural ahora cuando los dramaturgos tomamos la pluma evocar nuestras expresiones coloquiales, pero antes de Rascón Banda y González Dávila la palabra se impostaba y ellos lograron liberarla.
Cito a Vicente Leñero: el teatro de Rascón Banda “trata de ahondar en una realidad cada vez más real, es decir, con menos concesiones para con lo “fingido”, con menos licencias explicativas, con mayor rigor coloquial.” (Leñero, La nueva dramaturgia mexicana, p. 15)
Declararemos la muerte del realismo pronto, pero el teatro de Rascón Banda indudablmente nos guió hasta aquí. Y aún en medio del realismo, en el teatro de Rascón Banda es posible encontrar líneas sutiles de poesía. Saldo mi deuda con este texto de Playa Azul:
(Mi radio) se rompió el día del temblor. Pero me salvó la vida. En lugar de que el techo me cayera a mí, le cayó al radio y todavía siguió tocando mucho tiempo. Yo estuve toda la noche tratando de quitar los escombros para sacarlo, guiándome por la música, pero al otro día, cuando llegué a él, ya estaba muerto. Lo tiré al mar, para que se entretegan las sirenas.
Y tú, querido Víctor Hugo, dondequiera que estés, ojalá que también entretengas ángeles y sirenas con tu teatro.
**Texto leído durante el Novenario dedicado a Rascón Banda organizado por Espacio Vacío Teatro, Producciones Cinema Teatro, Santa Herejía Producciones Escénicas en el Refugio del Juglar, 7 de agosto de 2008
Esta es una confesión religiosa (es decir, debiera ser hecha ante el confesionario, descalza, hincada y con voz de arrepentimiento):
Escribir funciona por el acto de soledad, pero es un desnudo continuo, es como abrir en gajos la parte trasera de tu cerebro (y todo lo que guardas ahí). Sufro cuando alguien lee lo que escribo. Debo aclarar que sólo sufro cuando entrego un escrito mío de Ficción. Si doy a leer a alguien algo de Ficción escrito por mí, les entrego una parte íntimamente verdadera de mí.
Generalmente entrego mi Ficción a los desconocidos. Si la entrego a alguien a quien tengo la remota posibilidad de siquiera volver a ver un día en la vida, hago mi entrega y salgo despavorida a esconderme en un rincón oscuro de preferencia.
Y cuando me vuelvo a topar a esa persona hablo casualmente del clima por enseñanza inglesa.
Si alguien me hace preguntas sobre un texto mío, me sonrojo de pies a cabeza. Escucho atentamente pero en el interior de mi cráneo imagino una tetera que silba a gran velocidad y cómo las nubes van surcando el cielo. Esto es una pésima costumbre mía porque a veces quien comenta un texto lo hace de buena fe y yo debo tomar notas mentales.
Muchas veces he pensado que esta timidez que me arrebata es un acto de soberbia infinita. En realidad, piensa una parte de mi perversión, no soy tímida, sino que sé que mi texto está tan bien escrito y me gusta tanto que no necesito que nadie me venga a decir nada de él.
Cuando envío el texto por internet es aún peor, siempre me estoy arrepintiendo de haber puesto Enviar y no haberme equivocado de tecla. Imagino que se va al correo basura de la otra persona y mi sueño dorado es que nunca halla un correo “Re: Tu texto” esperando en mi Bandeja de entrada.
Cuanto más cercano seas a mí, menos leerás lo que escribo. Me lo tendrás que arrebatar a golpes. Supongo que quien me quiere lo ha hecho. Me ha OBLIGADO a hacerlo con todo tipo de chantajes (siempre cedo a los chantajes, soy un trapo). Y también he estado consciente que eso es un acto de amor. Digo, de amor de quien me obliga a entregar mis textos, porque entonces le estoy enseñando quien soy en verdad. Y sólo quien esté interesado en quien soy de verdad se chutará mi mala literatura.
Quisiera ser más descarada, repartir mis textos en los postes de las paradas de camión.
Por ahora, eso no va a suceder. Ahora mismo, y mucho más después de haber escrito este texto, regreso a la madriguera.
Ana Camila
No sólo las coincidencias guían mi vida, han dejado de ser mi fe para volverse verdad. Y me detengo hoy en ese tema que hoy al ver Batman me detuvo, porque ha sido el tema que me ronda desde que sé que voy a comenzar este ciclo escolar.
Tal vez por costumbre, por influencia de mis maestros, por ver a grandes como la Egurrola y la Sanz en el teatro, tal vez porque Luis de Tavira habla y veo lucecitas, no sé, siempre enarbolé la bandera del realismo escénico. Me parecía inconcebible la creación de un personaje sin su pasado, sin sus traumas infantiles, sin la obligada y freudiana pregunta ¿Quién fue su padre? ¿Y su madre? Y hasta en la escuela llegué a decir que era imposible enseñar a actuar si no se pasaba por Stanislavsky y las circunstancias. Así como el pintor tiene a fuerzas que saber cómo dibujar un desnudo clásico, el actor debe saber y manejar a Stanislavski. Sí, puede ser.
Pero hoy vi Batman y vi a Heath Ledger y me puse a pensar en el futuro de la actuación. También Juliana Faesler me hizo pensar MUCHO sobre el tema.
No es el hilo negro, Meyerhold lo había puesto sobre la escena hace un siglo casi (es que no hay nada de lo que se hace que no lo haya hecho él), pero pienso en cómo lograr el personaje y la actuación sin pasado.
Eventualmente es lo que me parece interesante de Batman, construir al villano sin necesidad de justificarlo. (Qué bueno, ya estábamos hartos de saber si fue por que perdió a su tío que se hizo gay de clóset y entonces usa licras y máscara) Y entonces pienso en el trabajo del actor: ¿es realmente tan necesario el pasado? ¿o hay otras maneras de construir al otro que no sea recurrir a él?
Primera aparición de Ledger: lo lees en la pantalla, digo a él, a su cuerpo entero. Lo que un cinematógrafo comentó de él, era como estar en trance, una sesión espiritista, dejar que el otro entre en ti.
El tipo tiene una máscara y ya sabes que es él, el tipo da la espalda a la cámara y ya sabes que es él, la tensión corporal, la ropa y cómo la lleva, el objetivo claro y conciso.

No es la máscara, es un lenguaje traducido únicamente a través de un cuerpo entregado, dedicado, una mirada que seguramente parte de una serie de imágenes que Ledger no construyó, sino dejó entrar.
J. Faesler lo dice claramente: ¿Corres porque tienes miedo? ¿Te da miedo porque corres?
El cuerpo del actor tiene que pulsar desde la relajación, más bien desde el diafragma. Es como leer Shakespeare, es decir, leerlo bien, leerlo en inglés, leer los pentámetros y saber que su concentración de vocales y consonantes, sus imágenes y sus pausas te llevarán a la emoción. Es como escuchar Shakespeare y montarse sobre la ola.
Es como leer Calderón y Lope y entender el verso actuado como un género nuevo, ya perdido para siempre.
Es como Müller, hablar desde el BLABLABLA de Hamlet. ¿Pero qué actor se atreverá a hacerlo?

En el estudio (foto superior) el personaje se desvanece, sacado de la ficción el trabajo corporal está perdido, son solamente poses, chistes sin sentido, burla de la actuación, risitas que el público desea.

Dentro de la ficción (foto superior), más allá de la carnalidad del maquillaje, el actor se deja suceder por el otro, deja que aparezca la Sombra, es un acto dionisiaco, brutal, de penetración que pocos dejan que suceda. O se intoxican con ello y pierden la razón. Probablemente tanto más deseable.
Por lo menos en el escenario cada noche será igual.
No dejes de unirte a esta campaña, miles de mexicanos te lo agradecerán.
Si esta imagen te ha conmovido, no dejes de visitar:
Un maestro mío, que me daba clases de pantomima y del cual llegué a enamorarme, un día, en aquella casa de la calle de Amsterdam en la Condesa, nos hipnotizó mientras manejábamos por carretera, durante hora y media o dos, para mí fue como 6 o 10 horas, y mientras veía el camino él nos leía a Pessoa, sus palabras y sus imágenes clavadas en mi mente y el camino seguía y seguía:
Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
al luar y al sueño por la carretera desierta,
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y que más puede haber en seguir sino no parar, proseguir?
Hoy manejé sola por carretera por primera vez, en esa extensión que es el coche de ti misma, con los pies entumidos de miedo.
Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
esta desmedida angustia del espíritu por nada
en la carretera de Sintra o en la carretera del sueño o en la carretera de la vida…
Hoy se detuvo el coche en medio de la carretera, dejó de responder a mis movimientos y por un momento corrió por mi cabeza la película: No debí hacer esto, no debí hacerlo, mejor venir en camión…
Maleable a mis movimientos subconscientes del volante
galopa por debajo de mí conmigo el automóvil prestado.
Sonrío del símbolo al pensarlo, y al girar a la derecha.
¡Con cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo!
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!
Prestada la ayuda para el pinche coche que se le zafó la conexión a la bateria. Ayer y hoy han sido una interesante lección de masculinidad (pero ando de babosa pidiendo ser un poeta romántico). Los hombres de la ciudad son unas damas, le temen a la bateria, antes yo metí la mano para arreglarla. Los hombres del campo tienen trabajos triples, no le temen a ayudar, el mecánico del pueblo era músico, mecánico y sabía todo sobre automóviles eléctricos. Me cobró 50 pesos por cambiar las terminales mientras discutía si cobraba 6500 por un toquín en una fiesta. (yo alguna vez tuve sueños en el campo, recordé)
A la izquierda la casucha -sí, casucha- al borde del camino.
A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos.
El automóvil, que hasta hace poco parecía darme libertad,
es ahora una cosa en donde estoy encerrado,
que sólo puedo conducir si en ella estoy encerrado,
que sólo domino si me incluyo en ella y ella me incluye a mí.
A la izquierda, ya atrás, la casucha modesta, menos que modesta.
Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía.
Si alguien me vio por la ventana soñará: ese sí que es feliz.
Para el niño que atisbaba detrás de los cristales de la ventana de arriba
tal vez yo haya quedado (con el automóvil prestado) como un sueño, como un hada real.
Para la muchacha que al oír el motor miró por la ventana de la cocina,
desde el piso de abajo,
tal vez yo fuese algo así como el principe que hay en todo corazón de muchacha,
y de reojo pegada al cristal me siguiese hasta la curva en que me perdí.
Y todos los coches me rebasaban, corrían a mi lado sin detenerse, con más prisa que yo, más apurados de llegar y yo al contrario, con prisa de quedarme, de detener el tiempo, de nunca terminar…
¿Dejo los sueños a mi espalda, o será el automóvil el que los deja?
¿Yo, conductor del automóvil, o el automóvil prestado que conduzco?
En la carretera de Sintra al luar, en la tristeza ante los campos y la noche,
mientras conduzco el Chevrolet prestado desconsoladamente
me pierdo en la carretera futura, me sumo en la distancia que alcanzo,
y en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible,
acelero…
Pero mi corazón quedó en el montón de piedras del que me desvié al verlo sin verlo,
junto a la puerta de la casucha,
mi corazón vacío,
mi corazón insatisfecho,
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.
En la carretera de Sintra al filo de la medianoche, al luar, al volante,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…
Querido Fernando, dormiré soñando contigo esta noche, dormiré con tu voz circulando mis venas, con el corazón vacío, con el corazón insatisfecho, creo que totalmente desangelada de mí misma…
En una casa victoriana en un lado del Támesis, en una casa de reja negra y paredes blancas, una casa digna de Dickens, y adentro una escalera verde, y la luz del verano entra escasa e ilumina una pared repleta de objetos, todo tipo de objetos orientales, algunos africanos, y colgados del techo hay miles de objetos más. Y Nick tiene los ojos transparentes, lo observa todo con cuidado. Y Nick tiene manos de músico. Está repleta de turistas, que atiborran más la sala, la sala de la abuela de Eréndira. Y Nick observa en silencio y me lleva de la mano. Y en silencio la recorremos. Y es verano en Londres. El más caluroso del siglo.
Tener que ir pensando en el futuro de un montaje, me cruzan ideas por la cabeza, me parece que los auténticos Grimm y Perrault tienen cosas por decir, pero escucho a Shakespeare llegar también. El grupo y yo tenemos una historia larga y terrible, ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer? ¿qué demonios debo hacer?
De nuevo irrumpe la comunicación silenciosa, la respuesta kinestésica, que hace que dos sean uno sin hablar. La complicidad forzada del grupo y sus elementos.
Todo comienza con el punto sobre el escenario. De la oscuridad el punto, del punto la tensión, con cualquier otra cosa que se coloque sobre la escena.
La necesidad humana de fabular, de hacer historias a partir de imágenes, de sensaciones, la compulsión hacia la lectura del mundo.
Sobre el tiempo, el tempo y la duración.
Sobre el espacio, la forma y la arquitectura.
Sobre la comunicación, el gesto social y el gesto expresivo.
La repetición como subrayado, ojo que revisa dos veces.
La limpieza del trabajo para presentarse como mejor eres.
Y de nuevo, de regreso al punto.
El escenario como el espacio de las infinitas posibilidades.
El punto de nuevo como comienzo.
El punto que comienza la nostalgia del hombre…
Escena final
Una fiesta de ricos, sobre la azotea de un rascacielos, bordes de acrílico, piso blanco, tumbonas blancas, alberca de agua tibia iluminada, agua fosforescente… la granada cae sobre el agua… tres segundos después todo desaparece entre la bella fuente creada.
2a escena
Una escalera con forma de diamante, son dos escaleras en una, la segunda la pusimos nosotros (no sé quienes somos), hacemos el rescate y nos manda al vacío.
3a escena
Lyra Silvertongue sólo está segura dentro de Iorek (yo soy Lyra). El oso se alza sobre dos patas, se desgarra la piel de la espalda, dos líneas o tres verticales, veo la fosforescencia de sus entrañas, la piel que cae a gajos y entramos en su interior.
Realmente creo que hay pocas obras cortas que hablen de la soledad, de la verdadera absurdez del lenguaje, del aislamiento en que un hombre puede vivir toda su vida. La historia del zoológico de Edward Albee es una de ella. Me la dio a leer Alfredo Michel hace muchísimos años y desde que la leí me volvió loca. Las imágenes creadas en mi cabeza se repetían sin cesar, la leía y me daban ganas de actuarla y verla al mismo tiempo. La leía y releía, quería ver la cámara de Jerry y después la de Peter. Y después, mucho tiempo después cuando hice del teatro mi vida la vi montada con Luis Artagnan y Juan Carlos Vives en el precioso teatrito del CUT dirigidos por Raúl Zermeño. Y después me compré el libro y conocí a Víctor Weinstock su traductor.
Pero todo esto no cuenta a nada si no fuera porque lo que verdaderamente me hunde de la obrita de teatro es el monólogo del perro. Pocas piezas de teatro me siguen como ésta, me acompañan en la peor de las depresiones, me alimentan del futuro, me hacen creerme capaz de exponer la misera humana.
Hay un elemento neoyorkino que me encanta, no me molesta, me parece esencial, pero también me parece indispensable repensarlo, de hecho habría que rehacer toda la obra completa, quisiera explorar más este sentido del fin del mundo, esta estética que busca la ruptura, habría que plantearse de nuevo una producción con cosas rehechas, remendadas, pero olvidar la parte norteamericana del asunto es importante. Es decir, probablemente en el momento en que se escribió hablaba de algo muy particular, en cierta ciudad, en cierto momento. Ya no lo creo así, creo que ahora me habla de pasos muy cercanos, y creo que Ernesto y los zombies abrieron una puerta, es decir, todo este año ha sido de impresionante dolor, de muertes seguidas, de pérdidas… y yo me sentía en mi barquito seguro flotando a la lejana tierra de Jauja, segura de la tempestad… en fin… acabo después de una conversación sin sentido, cerrado este proyecto para el cajón una vez más, alguna vez, en tiempos más hermosos y propicios, regresará…
Si pensamos en la estructura del cuento como una un final sorpresivo y contradictorio, éste que escribo ahora mismo acabó.
En el teatro Lázaro Cárdenas del CEDRAM en Pátzcuaro, 8 de mayo 2008, disculpen la cámara pequeña y su movimiento…
Parte 1. Donde Carlos II comienza a hablar con Harcourt. Andres Weiss como Carlos y Leo Pulido como Harcourt:
Parte 2. Las voces de Yulleni Pérez Vertti y Leo Pulido en el momento del gran Tirso: